domingo, 12 de enero de 2014

Puafff es Puafff (quien no entendió que me pregunte)

Los creyentes somos felices.
Dios nos ha dotado con un bien inapreciable. El milagro de creer sin ver.
Podemos pecar de ingenuos, pero al menos no somos tontos: ser ateo es un dogma. Etimológicamente significa "sin Dios". 

Afirmar que sabemos lo que ignoramos, sin admitir réplica en contrario, demuestra una buena dosis de egocentrismo.

Que los sabios duden (agnósticos) está bien, es legítimo y aceptable, pero que los presuntos intelectuales perversos nieguen lo que no saben es canalla. Se trata de una actitud macabra para que perdamos la esperanza, que es lo que determina nuestra condición humana.

Me puedo imaginar -doscientos años atrás- diciendo: soy anti-eléctrico. No tengo ninguna duda de que la electricidad no existe y las personas jamás podremos conseguir dominar la naturaleza para iluminar con bombillas o inventar aparatos que provean servicios de comunicación masiva. Los seres humanos nunca podremos volar por los cielos, porque no se ha inventado nada que nos permite atravesar el océano a miles de pies de altura y a una alta velocidad de marcha. El hombre nunca podrá saber la composición de la materia lunar, y olvídense para siempre de creer que hay enfermedades que se pueden curar con un simple antibiótico.

Es para reírse.
Los que vamos con los corazones somos ecuménicos, tal vez haya agnósticos entre nosotros, pero jamás un ateo entrará al reino de la solidaridad, la justicia y la buena fe. Cuidado con los intelectuales brillantes que afirman y subvierten su pensamiento en una ola de oscurantismo que lejos de teorizar, explicar y mejorar nuestra vida, aniquilan sin compasión, para sembrar sus ideologías de manual colonialista.